Capítulo 1. ELLA.
-Annie- susurraba
de nuevo ella con esa voz que me gusta y me intimida al mismo tiempo, mi mejor
amiga, mi única verdadera amiga, a mis quince años me he dado cuenta de lo
falsa que llega a ser la gente y que en realidad estoy sola en este mundo, las
patadas que me han dado las personas en las que he confiado me han llevado a
ver que apenas nadie merece la pena, pero es lo que suele pasar cuando lo
quieres todo, en realidad no tienes nada.
-Annie no lo hagas,
es por tu bien- de nuevo ella, Ana es la única que se preocupa por mí.
–Acabarás llorando, como siempre…
Entonces cerré la
nevera y dije: “Tienes razón”
Paso por delante
del espejo y una vez más me doy cuenta del asco que doy, estos brazos carnosos,
una tripa grasienta y unas piernas, a las que suelo llamar jamones, horribles.
Además de una cara horrible y deforme. ¿Mi pecho? Bueno no está mal… es grande,
pero es todo grasa lo sé. Resumiendo, llego a la conclusión de siempre, doy
asco.
Enciendo la Wii,
son las 9:30 de un lunes en el que no hay clase por carnavales, tenemos libre
toda la semana, pongo el Wii Fit y me peso, 49 kilos, 49 horribles y asquerosos
kilogramos de los que nunca me voy a deshacer.
-¡Noah!- grito,
Noah ven bonito, vamos a pasear.- Noah es mi perrito, tiene seis meses y lo
amo, creo que es mi otro mejor amigo, tan cariñoso, me quiere y también se
preocupa por mí. No tarda en venir dando saltitos y ladrando, le pongo la
correa y salimos a correr al parque de siempre, el parque de los patos. Corro y
la gente me mira, se fijan en como mi grasa se mueve de arriba abajo y para los
lados, sé que soy como una gelatina andante. Paso por al lado de una cuadrilla
de chicos y chicas que están fumando, y ríen, no me miran pero se ríen, de mis
jamones, de cómo corro y mis intentos desesperados por quitarme toda esa grasa.
Intento olvidarlo y sigo corriendo, cuando esté delgada yo me reiré de ellos.
Paso por delante de un quiosco y veo todas las portadas de esas revistas,
llenas de chicas perfectas y delgadas. Paso por una pastelería están haciendo
el pan ahora mismo, ese olor me da un hambre terrible, y vuelvo a escuchar la
voz de mi mejor amiga diciendo: “No”. En mi I-Pod rosa suena “Mañana empieza
hoy” de Mago de Oz, “Nunca es tarde, nunca te rindas deshazte del miedo, mañana
empieza hoy” eso me anima a seguir corriendo a pesar del cansancio y el hambre.
Ya voy la hora diaria y vuelvo a casa, son las 10:30. Voy a la cocina y abro la
nevera, sin mirar lo que hay dentro vuelvo a cerrarla, el rugido de mi estómago
me demuestra que lo estoy consiguiendo. Y sonrío. Aunque la sonrisa se me borra
cuando vuelvo a pasar por delante del espejo. En ese momento suena el teléfono
de casa:
-¿Diga?
-Hija soy yo, papá
y yo tenemos que ir a un sitio hoy y no llegaremos hasta la una y media de la
madrugada más o menos, tu hermano está en casa de un amigo y se queda a dormir,
tienes pollo y patatas fritas en la nevera y unas natillas de chocolate para el
postre. Adiós cariño.
-Vale mama, un
beso.- cuelgo.
De momento no tengo
mucha hambre, espero que siga así mucho tiempo más. Toda la vida por lo menos,
soñar es gratis, de momento. Empiezo a hacer abdominales y saltadillas. Pongo
el Just Dance 4 en la Wii y hago ejercicio hasta casi desmayarme. Al fin me
tumbo en la cama son las 13:30, entonces recuerdo las palabras de mi madre.
“Tienes pollo con patatas y unas natillas de chocolate en la nevera.” Mierda,
mal momento para acordarme de eso… abro la nevera y está vez si miro lo que hay
dentro… veo el pollo, las patatas y las natillas, pero me resisto, intento no
pensar en ello, sin embargo cuanto más lo intento más se me viene a la cabeza
esa comida.
-Probaré un poquito
de pollo y lo dejo…- digo en alto, ¿Para quién? No lo sé. Suelo hablar sola
cuando no hay nadie. Y así lo hago pruevo un poco de pollo,detrás de otro poco…
y después las patatas, hasta acabar con todo, incluso las natillas, y me siento
como una mierda… Empiezo a sumar calorías y lloro, me acerco al inodoro y ya no
escucho su voz, ya no consigo escuchar la voz de mi mejor amiga Ana, porque
Mía, mi amiga de repuesto grita más que ella ahora mismo. –Hazlo pedazo de
tragona. Expulsa todo lo que te hace daño.- y así lo hago, cojo el cepillo de
dientes lo meto hasta la garganta y entre arcadas y lágrimas por el esfuerzo
vomito, vomito hasta que no queda nada más que vomitar, y aun así, no me siento
satisfecha. Lloro mientras me digo a mi misma: “Eres una inútil”. Y en una
esquina frágil y rota lloro desconsolada y sola mientras recuerdo como empezó
todo…
Realmente no
recuerdo como fue, me acuerdo de cuando era muy pequeña, yo era una bola de
sebo, además de bajita, era gordísima y a mi madre le traía de cabeza, pero yo
no era capaz de ver mi gordura, dulce inocencia, yo era pequeña. Con 8 años
recuerdo que siempre estaba comiendo, y la gente se metía conmigo pero yo no
asimilaba el porqué, tenía “amigas” por que como ya he dicho nunca tuve amigas
de verdad, eran las hijas de las amigas de mi madre, y mis compañeras de clase,
nada más. Siempre que podían me ignoraban y me dejaban de lado. Las cosas no
son diferentes ahora la verdad, al menos no del todo. Con el tiempo, al crecer
me empecé a dar cuenta, cambié de amigos, tenía pocos y solo en clase, uno me
gustaba… pero no se lo quería decir, tres de mis compañeros de clase se metían
conmigo porque estaba gorda y no tardé en darme cuenta. Un verano, totalmente
alejada de todas esas personas que me hacían daño, sin embargo mi madre
persistía en que no comiera. Mi mejor amigo, el chico que me gustaba, nunca me
quiso, le había pedido salir ya un par de veces, como tonta que soy, pero lo
único que conseguía era que nos alejáramos más, además a él le gustaba una
chica, delgada, guapa… lo que estaba claro es que esa no era yo. Ese verano
empecé a hacer ejercicio todos los días: iba a la piscina, jugaba al tenis… y
apenas comía nada, fruta y solo de vez en cuando, pero yo no me daba cuenta,
realmente lo estaba haciendo sin querer. Al terminar ese verano notaba que la
gente era más agradable conmigo, los chicos me miraban más… me sentía más
guapa, yo veía mi reflejo y estaba perfecta y delgada. Sin embargo mi madre
seguía diciéndome frases como “hija, no comas tanto, ¿Quieres volver a ponerte
tan gorda como antes?” obviamente no, no quería medía 1.45 y pesaba 40 kilos,
me encantaba como estaba. Así que dejé de comer dulces, solo comía lo justo.
Pero el colegio volvió a empezar y con ello mis queridos compañeros, sí, los
que me llamaban gorda. Ellos seguían con lo mismo y yo tenía la palabra gorda
clavada en mi mente, la oía por todas partes. Yo ya estaba harta, harta de
agradar a todos menos a mí, así que volví a comer en exceso, por suerte no
engorde demasiado, mi madre siempre estaba ahí prohibiéndomelo, pero puede que
a mí me pareciera demasiado…
No hay comentarios:
Publicar un comentario